Lo prometido es deuda:
PRIMERA PARTE
“Pero cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra”
Mateo 10:23a
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1.
“Masacre en iglesia local. 20 muertos. 15 de agosto, 2040”. Eso era lo que abarcaba la primera página de todos los periódicos en California.
“Ayer por la noche, un grupo de delincuentes que se hace llamar “Los perseguidores”, penetró a la fuerza en una pequeña iglesia cristiana comunitaria, acabando con la vida de todo el que se encontraba allí. No hay testigos. La única evidencia con la que se cuenta es la cerradura del edificio, violada, y la firma de la banda, pintada en la pared, con sangre.
Abajo, la lista de fallecidos.
Henry Curry.
Isabel Curry.
Frank Curry.
Joyce Curry.
Deborah Rodriguez.
Karen Hoffman.
Stephen Meester…”
Me detuve en el nombre de mi padre, conteniendo las lágrimas. Mamá estaba por llegar y, de alguna manera, yo ya lo sabía, incluso antes de leer el artículo. Ella no lloraría. Si ella estuviese en mi lugar, ya estaría haciendo las maletas para irnos. Otra vez.
Así que eso hice.
Dejé el periódico a un lado y me levanté a buscar nuestras cosas. Sabía dónde guardaba mamá las maletas, y la había visto preparar nuestra mudanza forzada tantas veces que ya sabía cómo hacer todo.
“No pienses demasiado, sólo hazlo.” Solía decirle mi padre a mi madre, cada vez que teníamos que irnos de la ciudad.
Al recordarlo, las lágrimas empezaron a brotar. Era lo más razonable, acababa de perder a mi padre a manos de quién sabe qué delincuentes. Bueno, eso no es enteramente cierto. Acababa de perder a mi padre a manos de “Los perseguidores”, las personas-si es que se les puede llamar así-, más terribles de toda la tierra. Esos que firman con la sangre de sus víctimas.
“No lo pienses demasiado, Ariella, sólo hazlo.” Me dije a mi misma, forzándome a terminar lo que había empezado. Limpié mis lágrimas. Ya habría tiempo para llorar en el auto.
Me dispuse a hacer todo tan rápido como fuese posible, recordando, también, las palabras de mi padre hacía solo tres meses, cuando les sucedió lo mismo a mis abuelos: “Es cuestión de tiempo, antes de que lleguen a nosotros. Además, la biblia lo dice.” Cuando nos persigan en una ciudad, huyamos a otra. Eso se había convertido en nuestra vida completa desde que empezó el año. Sin embargo, correr, huir, escondernos, perder a seres queridos, es algo que vale la pena. Para mí lo vale. Por Dios, yo haría todo, daría todo. Si Él dio todo por mí, cuando llegue mi turno de dar todo por Él, estaré preparada. Cuando llegué mi turno de darlo todo, lo daré sin pensarlo. Mientras tanto, tendremos que seguir huyendo.
Ropa, mantas, comida, todo iba dentro de las maletas. Todo estaba listo para cuando llegara mamá. Y esa era la parte que más me asustaba: sin papá, ahora yo tendría que decir “Debemos irnos.” Yo tendría que darle la noticia a mi madre, yo tendría que decirle que ahora éramos nosotras dos, nada más. Solas. Pero yo no estaba preparada.
Miré el reloj. 3:30p.m. Mamá no llegaría, sino en otra media hora.
Me encerré en mi habitación. Estaba dispuesta a sacar lo mejor de esa media hora. Estaba sola. No tenía nada que perder. Mamá era prudente, estaría a salvo. No tenía miedo.
Este era mi momento, esta era mi media hora. Una media hora que no iba a tener después.
En mi habitación, únicamente en compañía del Espíritu Santo, lloré. Lloré la muerte de mi padre, lloré la situación que en la que nos encontrábamos, lloré nuestra huída y lloré, porque, aunque estaba segura de darlo todo, en el fondo temía por mi vida.
Lloré y hablé con Él de todo lo que me preocupaba, de todo lo que me aterraba, y de cuánto necesitaba su ayuda para hacer esto, para ser la fuerte, para no quebrarme de la misma manera en frente de mi madre.
Y en ese lugar, dónde sabía que no estaba hablando sola, dónde sabía que estaba siendo consolada, me llené de fuerzas. Unas fuerzas que, definitivamente, no eran mías y le agradecí desde el fondo de mi corazón, porque era lo que más me hacía falta, y me lo había dado sin ni siquiera pedirlo. Sólo Dios se adelantaba siempre a lo que necesitaba. Y por esa razón-entre muchísimas otras-, me costaba tanto pensar en que sería capaz de traicionarlo. Pero ahora, Pedro lo hizo, negó a Jesús. Y fue uno de sus mejores amigos. ¿Qué garantía había para mí?
- Gracias-susurré, a pesar de mis miedos.
Entonces, escuché el sonido del auto. Mamá estaba en casa. Mamá estaba en casa. Rayos, mamá estaba en casa y papá no lo estaría jamás. Y yo tendría que decírselo.
Bajé las escaleras, lentamente, pensando en qué iba a decirle, pero cuando la vi, me di cuenta de que ya sabía. Por supuesto que sabía, todo el mundo sabe.
Sus ojos estaban inyectados de sangre por llorar, y me miraban, casi con lástima.
- Debemos irnos-dije, citando a mi padre, tratando de darle a mi madre las fuerzas que yo misma acababa de adquirir-. Es cuestión de tiempo antes de que lleguen a nosotras. Además, la biblia lo dice. Cuando nos persigan en una ciudad, huyamos a otra, ¿no?
Mamá rompió a llorar frente a mí y en ese instante supe que, además de todo, yo tendría que conducir.
Nuestra vida había dejado de ser fácil hacía ya bastante tiempo. Quiero decir, en un tiempo lo fue. Hubo una época de nuestras vidas en que éramos libres. Libres de secretos, libres para mostrarnos como éramos en realidad a todo el mundo, y a mí me encantaba. Libres para liberar a otros.
Recuerdo un día que papá me llevó con él al trabajo. Tenía siete años y parecerá la cosa más estúpida que una persona pueda decir, pero el mundo me parecía feliz, fresco, verde. Y deseé vivir en ese mundo por siempre. Era como mi castillo de princesa.
No creo que haya una sola niña allá afuera que desee vivir en un castillo, ahora. Los deseos de los niños son, simplemente, un mundo mejor. Uno en el que valga la pena vivir. Y nos matan, por intentar construirlo.
Ya con todo listo dentro del auto, mamá calmada-dentro de lo que se puede-, y yo frente al volante, era tiempo de partir.
En cierto modo, estaba bien. Éramos únicamente mamá y yo, y habíamos vivido en California por menos de tres meses, además era casi final del verano. No teníamos absolutamente nada que nos doliera, nada que dejar atrás-ni siquiera amigos-. Era lo que necesitábamos. Un nuevo comienzo. Un lugar dónde nadie supiera nada de nosotras. Un nuevo lugar dónde buscar la paz que nos había sido arrebatada.
- Muy bien-dije, inhalando y exhalando, para alejar los nervios-. ¿A dónde vamos?
- Texas-respondió mi madre, sin mirarme-. Houston. Houston, Texas.
- ¿Qué?
Honestamente, estaba esperando por un lugar…diferente. No tan caluroso. Frío, en realidad. ¿Londres, por ejemplo?
- Mamá, Texas está al otro lado del país, yo no…
- Ariella. Texas. Y es precisamente, porque está al otro lado del país-la voz de mi madre sonaba programada, plana, casi muerta-. Ya está todo arreglado. Ahora, enciende el auto y vámonos de aquí.
Obedecí.
- ¿Cómo que está todo arreglado?-inquirí, saliendo de nuestro vecindario-. ¿Cómo es posible que hayas podido arreglar todo?
- Yo no arreglé nada. Tú padre lo hizo, en caso de que nos sucediera algo, a cualquiera de nosotros. Le sucedió a él, y ahora nos vamos a Texas. No me importa cuánto crees que tienes que conducir, sólo hazlo.
Y con eso, callamos las dos.
Jamás había visto a mi madre tan alterada. Jamás la había visto tan afectada por esto. Quiero decir, a mí también me duele, pero desde que empezaron a incrementarse las masacres en las iglesias y la prohibición de la prédica en varios países, me habían enseñado a ser fuerte. Mi madre, la misma que estaba sentada a mi lado con la vista fija en ninguna parte, me enseñó que en ese momento, había que pensar en cómo ellos estaban mucho mejor que nosotros, sin necesidad de seguir huyendo, y descansando de toda la maldad del mundo. ¿Qué sucedió con todo eso? Quiero decir, yo seguía pensando de esa forma, y no quería pensar de ninguna otra manera, porque sabía que en el segundo en que lo permitiera, estaría acabada, dispuesta a acabar con mi propia vida. No podía permitirme ni un segundo de debilidad, ni un segundo de duda, ni un solo segundo de queja. Pero, ahora, yo no había perdido a mi esposo, ni tampoco me habían dejado sola con una hija a quién proteger. Sin embargo, a mí me resultaba más como que había perdido a mi padre, y viendo los ojos de mamá, como que me habían dejado sola con una madre rota, para recoger los pedazos. Y no tenía idea de qué era peor.
Te necesito. Pensé, repitiéndolo una y otra vez en mi cabeza.
Mamá estaba durmiendo y papá no había llegado esa noche. La noche anterior al reporte del periódico.
Yo estaba sentada en la sala, frente a la puerta, abrazando todo mi cuerpo. Casi no pestañeaba y era la una de la madrugada. Más de una vez, en toda la noche, pensé haberlo escuchado al otro lado de la puerta, pero jamás era él. Jamás era nadie.
Esa madrugada, decidí que no dejaría a Dios por nada del mundo, porque cuando me encontrara sola, Él sería el único con quién podría contar.
Yo solía ver a mi padre como un héroe, como la única persona que no me dejaría sola, mi roca, mi apoyo. Y saber que lo perdí me resulta, entre muchas otras cosas, decepcionante. Como si a un niño le dijeran que Superman nunca fue “súper”, que sólo fue un hombre. Como si me hubiesen clavado un puñal en la espalda.
En ese momento, cuando comprendí que mi padre no volvería a cruzar nuestra puerta, ni a abrazarme, ni a decirme que me amaba, comprendí también, que ninguno de nosotros es inmortal, mientras esté en este cuerpo. Con mis abuelos, era distinto. Estaban ya ancianos, aunque se conservaban bien, pero ya eran de edad avanzada. Mi padre, no lo era. Entonces, cualquiera de nosotros podría ser el próximo. Incluso, yo, con dieciocho años, podría abandonar este mundo antes de lo previsto.